El tiempo muerto de las madres no siempre es un café de mierda. A veces también es una medialuna con culpa.
Es correr para llegar temprano a la actividad que no la incluye. Correr para entregar, para soltar, para empezar a existir más allá de la existencia maternal.
A veces es un no-tiempo, o un no-lugar y hasta una no-distancia. La negación de sentirse madre por un rato está fundada en la necesidad del tiempo muerto.
Un tiempo que muere y mata. Muere para engendrar otra cosa, otra existencia más profunda que la cotidiana.
Un tiempo muerto es café con leche y Piazolla, o cerveza y Bjork o un pucho en la oscuridad. Pero siempre tienen una mirada ausente, que parece invitar a escapar. Dejar atrás eso que nos hace matar el tiempo.
Por otro lado, es una sensación de ese pestañeo que dura dos horas en la plaza. Veo muchas madres asesinando el tiempo (entre otras rumiaciones) mientras hamacan interminablemente un crío. He sido testigo de asesinatos y me siento cómplice, porque yo también las hubiera acompañado en las filas de los supermercados, con la mirada ausente mientras el becerro patalea; viendo como se mueren los minutos, y la vergüenza, la paciencia.
Ojo, también están las que todavía son felices planificando su coartada.
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